Perder la inocencia.


Ahora que lo pienso, es gracioso, pero mi enfado de aquel día fue memorable. Creo que era Junio, bueno, no estoy segura pero hacía Sol. Yo salí a jugar con mis amigas a la plaza, como siempre y de repente vi a “las trillizas” de aquellas las definía como mis peores enemigas del mundo. No sé qué me dijeron y yo me enfadé mucho. Les grité y ellas me soltaron:

-Ah, ¿si? Pues que sepas que los Reyes Magos no existen.

Yo me quedé flipando. Y cuanto más lo pensaba más me enfadaba. Cuando llegué a casa le dije a mi madre:

-Mamá tenemos que hablar. ¿Los reyes magos existen?

-Eh… Pues…

-¡Esto es imperdonable! ¿Me has estado mintiendo toda mi vida? Y yo creyéndomelo.

Todavía recuerdo mi ira. Me pasé dos días sin hablarle. Lo gracioso es que justo después de enterarme, llamé a mi mejor amiga para contarle la noticia. Ella se quedó muy sorprendida y me dijo: ¡No, es imposible yo no pierdo de vista a mis padres, y los regalos aparecen!

Todavía hoy me sigue recordando que le fastidié sus fantásticas noches de reyes. 

Elisa Menéndez.

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