La curiosidad mató al gato.


Huyo, huye, huimos. Todos huimos. El pánico se extiende, la voz de alarma suena. Palabras como “sálvate” o “márchate” salen de la boca de mis compañeros. No somos muchos, cuatro o cinco a lo sumo.

La luz más intensa, más deslumbrante que haya visto me ciega, y voy a tientas, intuyendo por dónde debo avanzar. Sólo hay sombras en las paredes, sombras aterradoras, igual que monstruos. De esos con los que amenazamos a los niños para que se vayan a dormir. Cómo he llegado hasta aquí, cómo se nos pasó por la cabeza.

Pánico. Uno de nosotros cae. Ya sólo quedamos cuatro. “No mires atrás, no mires atrás”. Es inevitable. El cuerpo de mi amigo está inmóvil en el suelo, con una última mueca de espanto. Intento mantener la mente fría, pero, claro, es un intento.

Cómo hemos sido tan tontos. Quién nos mandaría ir a la aventura, a explorar. Ya lo dicen, la curiosidad mató al gato. Y tenían razón, otro más ha caído. Ya solo somos tres.
Un escalofrío baila por mi espalda. Miro de reojo, y allí está mi mejor amigo en el mundo, mi confidente, mi medio hermano, mi otro yo totalmente aplastado. Y a su lado, la asesina regocijándose y diciendo “ya va otro”. Una lágrima me cae. Salado por toda la cara. Mantente atento, atento. Sal de aquí, protégete, concéntrate. Pero otra vez reanudo el hilo de mis pensamientos.

Esta luz que ahora me mata, parecía antes tan… tentadora. Era una atracción inexplicable, eléctrica, magnética. Y no sólo me ocurrió a mí, mis otros cuatro colegas también lo sintieron. “Por qué quedarnos con la duda, vayamos a ver qué es”, decidimos entre todos.

Un grito sordo, un temblor en el aire. El sonido más fuerte que jamás se haya escuchado, y de pronto, sordera, silencio total. Veo a la asesina y a todos sus secuaces, felicitándose entre ellos por la gran hazaña. Ellos produjeron ese gran estruendo. “Qué pasa, qué pasa”, me pregunto. Los veo aplaudir, correr de un lado a otro. A mi izquierda, otro compañero más caído. Ya solo quedamos dos. Terror, pánico, sudor frío por toda la espalda.

La culpa es suya, no nuestra. Ellos dejaron la puerta abierta, ellos nos invitaron a pasar, a contemplar la luz perfecta. Ella, aquella niña sin escrúpulos, fue la que salió al jardín a buscarnos. Ellos y solo ellos son los responsables.

Recupero la audición. Mis ojos ya están habituados a esta luz tan fuerte, como si el mismo sol estuviera mirándome. Soy el único superviviente. Sólo estoy yo. Sólo yo, indefenso y a merced de aquella gente.

Vuelo, vuelo, vuelo como si fuera parte del viento. Ya no siento dolor en las alas, ya no estoy triste, sólo temo por mi vida. Tengo miedo. ¿Acaso tú no lo tendrías?

Yo no escogí ser una polilla. Yo no escogí estar esta noche al lado de aquella chiquilla cuando salió a su jardín a sacudir el mantel. Yo no elegí que aquella luz me hipnotizara. Sólo seguí mis instintos, como hacemos todos, como tú haces. Sin embargo, tú estás ahí, sentado cómodo y escuchándome, y aquí estoy yo, huyendo.

El Gallo Claudio

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