El día que no aprendí a montar en bici.


Todos y todas, lo admitamos o no, tenemos una o varias espinitas clavadas en lo más profundo. Pueden tratarse de asuntos de poca o mayor transcendencia pero, para nosotros, será un obstáculo, un recuerdo, algo… difícil de superar.

Mi espina personal es, cuanto menos, peculiar: el día que no aprendía a andar en bicicleta. Aunque decir día es quedarse corto en este caso. Semanas, meses, incluso años de intentos frustrados.

Esta desafortunada historia comenzó a la edad a la que, los padres y las madres de todo niño o niña deciden que ya es hora de que de sus primeras pedaleadas. Sin embargo, mis padres, no debieron de darse cuenta de lo feliz que era con mi primera bicicleta, su cestita y sus ruedines.  Aquella que los Reyes Magos me habían dejado colgada de la ventana una noche a cambio de unas galletas y zumo.

Mi madre me plantó, cargada de paciencia, en el parque de gravilla que había delante de casa. Pero, nadie dijo que aquello fuese a ser fácil: yo, muerta de miedo, no soportaba ver como mi madre soltaba la bici cuando cogía impulso y, al ver a través de nuestra sombra que me alejaba de ella, perdía el control del manillar y… caía al suelo.

Pasaron las semanas y, al comprobar que el progreso era nulo, mi madre desistió, y mi padre ni siquiera llegó a intentarlo. Así pasaron los últimos años de mi infancia y los primeros de mi adolescencia: huyendo del terrible momento en que mi bicicleta rodase bajo el único mando de mis manos. Procuraba evitar el tema y, cuando mis amigos proponían ir a dar un paseo con ella, ponía tierra de por medio y me iba a casa con las manos en los bolsillos.

Cuando decidí afrontar el asunto por mi misma era toda una adolescente. A pesar de que no le confesé mi dramático problema  a nadie, conté con la ayuda de un amigo para intentar zanjarlo de una vez por todas. En el garaje de su edificio di mis primeros pedaleos sola pero, cuando intenté hacerlo fuera de ese lugar, sólo conseguí hacerme un “siete” en mi camiseta al caerme sobre el seto que había a la entrada.  Terrible.

El día del triunfo llegó no mucho después, un fin de semana en el pueblo, cuando mi hermana y mi cuñado se decidieron a que no pasaría un día más sin que supiera montar en bicicleta. En el patio del colegio, muerta de vergüenza, aprendí a moverme con independencia. ¡Fue mi mayor momento de gloria! Mejor que cualquier otra cosa antes experimentada: el viento rozaba mi cara y, aunque no superase el kilómetro/hora, para mí aquello era casi como superar  la velocidad de la luz.

Ahora, años después, reconozco que el mal trago no fue para tanto pero fue, hasta hace cierto tiempo, mi mayor espina clavada.

Basado en hechos reales.

Sofía Moreno.

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