Recesivo


Ese taburete de madera, pequeño, con forma redonda, gastado por los años, con innumerables marcas de haberse roto varias veces. Una caída estaba asegurada cada vez que se subía en él, siempre. Nunca ocurría lo contrario. No iba a ser menos aquel día. Le quemaba todo por dentro. Recordó aquellos días que paso junto a ella, aquellos momentos que compartieron juntos los dos, en aquel taburete, ella dentro de él. Llegaron a amarse. Aquellos viajes que hicieron, el más bonito en Venecia. Recordó aquel candado que cerró en el puente Milvio en Roma, escribiendo sus nombres y su primer día juntos. Les encantaba viajar. Aquellas cenas en el Picasso, viendo la ciudad entera a sus pies. Ellos y una vela. Mirándose. No necesitaban nada más. Lo tenían todo. El tenía su vida, ella tenía la de él. Eran tiempos felices. Por fin habían conocido el amor. Crearon juntos la primera esperanza de aumentar su amor, un hijo. Fallaron. Desde ahí, todo se volvió más negro. Primera señal de mala suerte. ¿Por qué? Ella pensó que no pasaba nada, podrían seguir intentándolo. No importaba, al fin y al cabo es algo que hay que superar. Sólo un golpe de mala suerte. El no. La superación y el consuelo no llegaban. A partir de ahora todo cambió. Empezaron los gritos, voces, discusiones. Ella pensaba que sería una mala racha, carente de importancia. El final no llegaba. Recordó las noches en que pasaron juntos tantos buenos momentos, donde eran felices. Cómo habían desaparecido tan de repente. Lloró. La rabia crecía. Pidieron ayuda. Cuanta más llegaba, más empeoraba la situación. Hasta que llegaron los golpes. Él no se podía contener, no aguantaba más. No podía soportar que ella no le diese importancia. Lo pagó con ella, con su vida, con lo que más amaba. Debía dominar sobre ella. El primer día, en la cara. La siguiente semana, en el cuerpo. Al mes, puñetazos. La ira de aquel hombre iba in crescendo. Pasaron dos años. La cara de la mujer estaba hundida, morada, sin vida. Los golpes no habían cesado. Aquello ya no tenía solución. Recordó su sufrimiento en estos últimos meses. Recordó aquel día. Desearía no haberme despertado, lamentaba. Desearía que mis manos no hubiesen abierto aquel cajón del mueble de la cocina, la que habían comprado juntos. Juntos. Cuando habían sido felices. Recordó como hacía una hora había cogido aquel cuchillo. Recordó como la había esperado en el salón, impaciente. Recordó la llegada de ese momento. El suelo se tiñó de rojo, su camiseta también. Recordó la caída y el ruido que ésta provocó. Ella estaba tirada y decidió sentarse a su lado. Empezó a recordar. Lloró más que nunca. Entonces, volvió a la cocina, vio el taburete. Sabía que se iba a caer como siempre. Enganchó una cuerda a la lámpara, rodeó su cabeza. Decidió que ése no era el lugar para seguir viviendo. Se fue con ella. Recordó su vida, la recordó a ella. Nunca más volvió a recordar.

 

                                                                                                                                       Bache

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