Querido diario.


Recuerdo que a Sandra siempre le habían gustado los cuentos de terror. Contarlos, escribirlos o  leerlos, igual le daba. Un día le pregunté por qué los leía y dijo: “Las emociones me hacen sentir viva”. Sandra solía ser una niña dulce,  amiga de sus amigos y buena compañera. Si, de verdad que lo era.

Llegó el día en que Sandra por fin pudo marcharse de casa a estudiar fuera. A todos les preocupó. Con el tiempo, había dejado las muñecas y los juegos para enfrascarse en su maldito diario. Un endiablado cuaderno del que no se separaba, al que dedicaba sus días y sus noches.

Muchas veces llegué a preguntarme si no hubiera sido mejor habérselo quitado y obligarla a hacer vida normal.

Cada vez que la visitábamos estaba más rara, siempre con la mirada perdida, mirando al horizonte por la ventana de su habitación. La verdad es que mis padres eran un fastidio. Siempre preguntando, siempre hablando, siempre haciendo ruido. Aunque mi hermana… ¡Oh! La pequeña Paula, no se merece todo esto, no, ella está sufriendo. Ellos dicen que no, que Paula está bien, pero ¿que sabrán ellos de cómo tratar a un hijo?

A pesar de que me quieren encerrar en no sé dónde, no comprenden que no quiero verlos, pero Sandra siempre tiene que estar disponible para todos, receptiva, nadie entiende a Sandra. Todos quieren leer su diario, pero Sandra no quiere, es suyo. Además, ellos quieren ver, saber demasiado…, dicen que no estoy bien, que necesito terapia. Sandra no puede permitirlo, no me pueden llevar a otro sitio necesito la ventana, necesito respirar.

En el diario de Sandra no hay nada escrito, ya os lo digo yo. ¿Qué gilipollas escribiría algo importante en un diario?

Si por lo menos pudiera olvidar aquello… Seguro que maté a mi hermana, ellos dicen que Paula está bien, insisten en que Paula está bien, pero Paula no está bien. Yo lo vi. Yo vi la sangre y no avisé a nadie. Ahora ya es tarde para todo.

-Cariño. ¡Cariño! ¿Estás bien?

Sandra los miró con odio.

-Sandra- dijo la pequeña Paula.- ¿Qué haces? ¿Por qué no me miras? ¿Por qué no dejas de escribir? ¡Haz caso a papá y mamá!-gritó histérica.

Y Sandra dijo:

-¿Matarlos? No, Paula, no los mataré. Seguirán viviendo. Respirarán, al igual que yo, y, si quieren, podrán hablar. Pero ya no serán personas, yo les enseñaré lo que es sufrir.

El vengador de elefantes.

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