Heridas abiertas


La llave cierra lentamente la puerta de casa. Ya llega una edad donde cada segundo es un mundo, y cada instante parece una eternidad. Bajo las escaleras, como cualquier otra mañana, lamentando no vivir en un lugar mejor. Qué menos que un ascensor para pasar los últimos años de esta agotadora vida. Empieza otro día más, con el mismo recuerdo de siempre.

Los coches abarrotan las calles, se siente la actividad, el ambiente cargado, el ruido… Qué diferente es todo, cuánto tiempo ha pasado ya de aquella época. Todas las mañanas, recorro el paseo de la playa de un extremo a otro, para llegar a sentarme en el lugar más alejado y, por supuesto, un poco más tranquilo. Algunas veces pasan niños correteando detrás de un balón, otras veces algún anciano se sienta cerca de mí, pero por lo general es una zona perfecta para relajarse o al menos para intentarlo.

A media mañana, es hora de volver a casa y empezar a escribir. En los últimos años, se ha convertido en la única forma de estar en paz y no darle vueltas en mi cabeza a las mismas imágenes una y otra vez. No hay nada mejor que desahogarse escribiéndolo.

… El amanecer nos despierta en la mitad de la montaña. Es la señal de que hay que moverse otra vez, de que hay que caminar nuevamente hasta no poder más. El día anterior mi padre oyó dos disparos al anochecer y eso no es buena noticia. Todo el mundo estaba intranquilo antes de irse a dormir, y ahora ya es hora de marchar.

-¿A dónde vamos hoy, papá?

-Ya queda menos para llegar, hijo, en unos días estaremos en nuestra nueva casa, mucho más grande y con un prado enorme para jugar-me decía mi padre.

A mis casi 6 años de edad, el único problema era el cansancio. No había preocupaciones. Era el hijo menor de una familia de cuatro miembros, contando a mis padres y a mi hermano mayor. Hacía ya unas semanas que habíamos salido de mi pueblo, en un remoto lugar de la montaña leonesa, pero en aquel momento, aquel día en particular, no recuerdo exactamente dónde nos encontrábamos. ¿Qué importaba? Años después conocería la cruda realidad de la guerra.

El camino nos llevó al atardecer, y sin previo aviso, la noche estaba otra vez sobre nosotros, obligándonos a detenernos y encender un fuego. La nieve se veía todavía en los picos más altos y el frío se presentaba cada noche. Yo siempre me dormía el primero, exhausto. Sin embargo, aquella noche pasó algo que marcaría el resto de mi vida.

-Buenas noches-me despedí, y empecé a acurrucarme bajo las mantas.

Pero de repente, se oyeron unas voces a lo lejos, unos pasos acelerados, se veía acercarse una luz en la penumbra. Todo el mundo se puso en pie, las mantas se hicieron a un lado y me veía a mí mismo levantado, con nerviosismo.

-Corre, hijo, corre-fue lo último que llegué a oír decir a mi madre antes de escuchar otro disparo más y ver cómo su cuerpo sin vida caía sobre el suelo, desplazando las hojas hacia un lado.

Yo hice caso de sus indicaciones y marché todo lo lejos que pude, mientras las lágrimas corrían conmigo a lo largo de mis mejillas. Un grito más, dos disparos. Luego, silencio. El silencio que sucede al terror y que va justo antes del verdadero sufrimiento.

Benito Camela

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1 comentario

  1. Sofi

     /  abril 18, 2012

    ¿Quién puso ese seudónimo? JAJAJAJAJA

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