Diario de un recuerdo.


Aquella habitación me traía tantos recuerdos. Tantos besos, tantos abrazos, tantas caricias, tantos “quitate la ropa” y lo que venía después. Cogería aquel libro y me iría, no necesitaba recordar más. Pero nunca he sido yo muy amiga del destino, y entre las hojas, el polvo y los años, apareció aquel cuaderno de tapas azules que no pude resistir a abrir, nada más comenzar, los escalofríos habitaron mi cuerpo, y mis ojos se anegaron en lágrimas…

Nunca habría llegado a pensar que su lugar favorito sería tan oscuro, tan negro, tan frío y a la vez tan cálido. Le encanta esa sensación de no saber qué pasará. En su expresión y en su nerviosismo puedo ver la enorme ilusión con la que atraviesa esas cortinas. Juro que cada vez que entra en ese lugar le brillan los ojos más incluso que cuando me besa. Y yo no necesito más que contemplarla y verla tan feliz, para serlo yo también…”

Podría haber cerrado en ese momento. Debería. Joder. Claro que debería haberlo hecho. Pero no lo hice, por supuesto que no. Habría sido demasiado poco doloroso. Mis ojos continuaron dibujando de nuevo su caligrafía, como tantos años atrás había hecho. Mi mente continuó inundandose de recuerdos.

Cuando sale de allí huele fatal. No me acercaría jamás a nadie que oliese así. Y sin embargo, en ella me parece el olor más dulce que pueda existir, aparece con sus palabras y sus manos llenas de arte y me susurra “aún hay más”.Aquí llega mi parte preferida, a oscuras completamente, me abraza por detrás agarrandome las manos, guiándome, y yo, me dejo llevar. “Que bien lo haces” me dice, y me río porque ambos sabemos que solo no sería capaz de hacerlo. Pero la verdad es que estoy mejorando, es la mejor profesora que he tenido nunca, es capaz de traspasarme esa sensibilidad que sólo ella tiene.”

Fue en ese momento cuando recordé lo mucho que llegó a amarme. Fue en ese intante cuando empecé a llorar y a hacerme de nuevo la pregunta que todos los días me había hecho desde el día en que se fué ¿cuándo sus ganas de escribir, y sus ganas de querer estar mi lado se habían convertido en el ansia de participar en una guerra que no era nuestra? ¿Cuándo la pluma había empezado a resultarle lo suficientemente aburrida como para sustituirla por las armas? ¿Cuándo ese cuarto oscuro había pasado a ser un campo de batalla? ¿Cuándo las luces infrarrojas de mi estudio de fotografía, habían sido cambiadas por la sangre de miles de inocentes? ¿Cuándo? ¿Por qué?

Nunca había sido tan feliz, y nunca lo seré en ningun otro lugar si no es a su lado. Es mi complemento ideal. Sus cámaras, mi pluma, sus fotos, mis artículos, su amor, el mío, nosotros.”

Cerré el cuaderno, pues las lágrimas ya no me permitian seguir leyendo. Salí de aquella habitación con las palabras que llevaban atormentandome más de medio año: “No hemos encontrado el cadáver, no podemos estar seguros de su muerte, mas el soldado González lleva ya tres semanas desaparecido, y desconocemos su paradero…”

Nunca le perdonaré que se fuera. Nunca le perdonaré que prometiera volver y no lo hiciese. Nunca le perdonaré que ya no esté. Y sin embargo, cada segundo de mi vida espero verle aparecer entre esas cortinas y que me diga “Cariño, otro carrete velado”

 

                                                                                                                

                                  Nineve

 

 

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