EL RETRATO DE MI ABUELO


Sobre el armario de cerezo frente a su cama, mi abuela tenía dos retratos. El de su madre, mi bisabuela Candelaria, era un carboncillo bastante logrado, con los rasgos bien definidos y un semblante reconocible. Mi abuela solía besarlo antes de acostarse. El otro retrato era un auténtico fotograbado hecho, según la memoria alegre de mi abuela, en torno a 1931 o 1932, antes de la Guerra. En él, su marido,  mi abuelo Fernando, miraba por encima de nosotros a algún punto sobre nuestras cabezas, semblante sereno y pelo fijado hacia atrás. Mi abuela no lo cogía, pero solía mirarlo durante mucho rato. En ocasiones lloraba un poco y comenzaba unas eternas letanías narrando los sucesos trágicos que llevaron a la muerte de mi abuelo: un costero de la mina le partió la espalda, y, según contaba mi abuela, en su casa se mezclaron la sangre de mi abuelo agonizante con la de ella, dando a luz a mi padre. Era el 12 de mayo de 1942.

Su marido murió unos meses después, y siempre contó que no volvió a levantarse de la cama, consumiéndose muy despacio. Mi abuela, aún pasados 50 años, le lloraba. Lo añoraba y decía que había sido un marido cariñoso y un padre recto pero cabal.

Sin embargo, nunca cogía su retrato.

Mi abuela murió una helada mañana de diciembre de 1998. Se consumió como un pajarito, con casi 90 años. Así que mi madre -su nuera- y yo nos pusimos a recoger su habitación. Pasado un rato en silencio, alcancé los retratos sobre el armario y me quedé mirando el de mi abuelo.

-Es increíble que tanto tiempo después mi güela siguiese queriendo a su marido de aquella manera.

Mi madre, que estaba parada ante una montañita de ropa, me miró. Cogió el retrato y se sentó en la cama. Con cuidado le dio la vuelta y levantó las pestañitas para quitar el soporte posterior. Así sacó la foto y me la dio. Yo me quedé un poco bobo, mirando a mi abuelo, hasta que ella me dijo que le diese la vuelta.

Allí, con la caligrafía casi analfabeta de mi abuela, había una sola palabra escrita.

Cabrón.

Mi madre la había descubierto hace muchos años, cuando se rompió el cristal del anterior marco y lo cambió. Fue mi tío, el hermano mayor de mi padre, el que le contó la verdad de aquel insulto, aquella acusación: mi abuelo fue un borracho que nunca quiso ni a su mujer ni a sus dos hijos, que les pegaba y se gastaba el jornal de la mina en vino, mientras mi abuela fregaba suelos y saltaba de trenes en marcha cuando iba al estraperlo. Así que la muerte de mi abuelo fue lo mejor que les pudo haber pasado.

El resto fue… una fábula. Una historia para vivir en paz. Un cuento para no retorcerse demasiado el alma contando los años, los días y hasta los segundos malgastados al lado de un hombre de pacotilla.

Para las mujeres.

Para mi madre.

Para mi mujer y mis hijas. 

Para mi abuela.


Fernando

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3 comentarios

  1. Fernando

     /  marzo 8, 2012

    Dejo yo mismo un comentario para deciros que la historia es verdad, y que llevaba mucho tiempo quemándome por dentro.
    Mejor día que hoy, 8 de marzo, día de la mujer, creo que no encontré.

    Responder
  2. Iván

     /  marzo 8, 2012

    Impresionante , triste , pero impresionante , un fragmento muy adecuado para el momento

    Responder
  3. Sofi

     /  marzo 8, 2012

    Uuuuf, pues si que te hace pensar… Me parecen brutales este tipo de historias. Sobre todo cuando tienen que ver con un pasado que nos toca más de lo que parece. Me ha encantado.
    Me imagino a tu abuela escribiendo aquello y… en fin, se te pasa de todo por la cabeza.

    Muy buena historia, a pesar de que por desgracia haya sido algo real.

    Responder

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