La visita.


Recuerdo cuando leí este relato en una de las quedadas del grupo de lectura, muchos se quedaron sorprendidos de que yo fuese capaz de escribir ese “tipo de cosas” jajajaja. En realidad es uno de los relatos que he escrito que más me gustan. Sé que no es muy navideño, pero en fin, siempre hay que darle un toque macabro a estas fechas.

Ahí va:

Una vez más, mi madre volvió a recordarme que debía visitar a mis abuelos pues, realmente, hacía mucho tiempo que no los veía. Aunque me negué, ella insistió y me puso la copia de las llaves de su piso en mi mano. Antes de irme hice mi habitual parada en el marco de la puerta de entrada para rasgarlo un par de veces con mi dedo índice. Una sonrisilla de placer se dibujaba en mis labios cada vez que la madera chirriaba.

Cuando llegué a su piso, metí con cuidado la llave en la cerradura, pues lo más probable es que mi abuela estuviese durmiendo la siesta. Tal y como había imaginado, descansaba en su sillón preferido con la cabeza hacia atrás y la boca abierta. Las persianas de la sala de estar estaban casi bajadas por completo, dejando solo a la vista las sombras de los objetos que llenaban los muebles.

Me acerqué y acaricié su cabello suave y ondulado con mi mano abierta. La pasé una y otra vez sin despertarla. Poco a poco, mi fuerza se fue incrementando, hasta que tiré de su pelo sacándola de su placentero sueño. Dudé un momento de lo que había hecho pero entonces, observé su cuello mientras se desperezaba. Su piel colgaba en forma de pliegues y arrugas y sentí impulsos de agarrarla. Entonces hundí mis dedos en su garganta y noté su tráquea. Su respiración se entrecortaba y sus ojos me miraban asustados y envueltos en impotencia al reconocerme. Disfruté del momento, manoseando su cuello con furia cuando dejó de respirar, mientras el sudor bajaba desde mi frente a mi barbilla y luego aterrizaba en sus ropas.

Sediento, fui a la cocina a por un vaso de agua pero, antes de bebérmelo, me fijé en lo fino que eran sus bordes y pase el dedo índice por ellos. Estampé el vaso contra la mesa y cogí un pedazo de cristal. Lo miré a contraluz a través de la ventana, todo era deforme tras el cristal. Fue entonces cuando oí a mi abuelo llegar de la calle y me guardé instintivamente un trozo de cristal en el bolsillo del pantalón.

Salí a recibirle al pasillo aparentando tranquilidad pero, cuando me fijé en su cuello se me desencajó la cara. Miré al anciano que tenía en frente y, sin piedad, tiré de él hasta el cadáver de su mujer. Su rostro palideció al ver que ella no se despertaba tras llamarla un par de veces, pero yo sonreí como cuando rasgo el marco de la puerta y saqué mi arma del pantalón. Estaba deseoso de hacerlo y sentir el placer que me producía la muerte.

Miré a mi abuelo a través del cristal y luego le ordené que se arrodillase a los pies de su esposa. Jugué con el cristal pasándolo alrededor de su cuello y, en otro de mis impulsos, se lo clavé con brutalidad y lo mantuve hasta que dejó de chillar.

-Mamá, yo nunca quise venir a visitarles-pensé.

 

Sofía Moreno.

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3 comentarios

  1. Anónimo

     /  diciembre 22, 2011

    Joer, vaya si me acuerdo de tu particular matanza de Texas…
    Estas hecha toda una HEIDI-GORE
    Fernando

    Responder
  2. Sofía Moreno.

     /  diciembre 23, 2011

    ¿Heidi-gore? Jajajajaja, me ha gustado esa.

    Responder
  3. leidy johana moreno

     /  diciembre 28, 2011

    excelente, son de esas pequeñas lecturas que te mantienen atrapada hasta el ultimo instante

    Responder

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