La democracia del pato


Ralphy, un pequeño pato de color naranja, vive en Central Park. Para él el parque es muy grande, es su mundo, enorme, rodeado de enormes árboles, personas que caminan a lo largo de sus grandes dimensiones. Es feliz en su pequeño lago en el que juega con sus amigos, aprende en el colegio, come con sus padres y hace la vida normal de un pato.

El día de su decimoquinto cumpleaños, su padre y su madre deciden salir con el del lago para enseñarle a volar. Ralphy estaba muy nervioso, pues suponía poder ir a visitar a sus amigos que ya sabían volar y que vivían en otros lagos. Su madre lo intentaba tranquilizar debido a su impaciencia, pero él estaba ansioso por aprender.

Comenzaron las clases. Al principio le costaba mucho, y tuvo graves heridas que le obligaron a ir al médico para curarse, pero poco a poco logró aprender hasta que un día alzó las alas, se elevó del suelo y comenzó a volar.

– ¡Dios mío! Es alucinante…. ¡Puedo volar! – repetía una y otra vez.

A su madre, desde el suelo, se le caía de sus pequeños ojos unas lágrimas de emoción tras ver a su hijo en el cielo. Ella sabía la verdad, comprendía la realidad y conocía el camino que inciaba su pequeño.

Fueron pasando los años y Ralphy creció. Conoció a más patos de su edad e hizo nuevos amigos. Aunque, claro, todo no podría ser bueno. Había algún pato que no pensaba igual que él, que le rechazaban por ser de color algo más anaranjado que el amarillo perfecto de éstos, no compartían muchas opiniones sobre qué lugares deberían visitar ese día, o qué deberían comprar como regalo para otro amigo, etcétera. Además, estos patos eran superiores a él y no le dejaban participar en sus conversaciones para decir lo que el pensaba, con el resultado del sentimiento de incomprensión, impotencia y tristeza.

A Ralphy no le gustaba nada como se comportaban ese grupo de amigos con él, y también con los que pensaban al igual que él. Poco a poco, conforme entraba en los 20 años, Ralphy iba abriendo más los ojos hacia la realidad, el camino que conocía su madre.

El pequeño pato se dió cuenta de que no todos pensamos igual, y de que habría algunos que estarían por encima de él y que no le dejarían expresarse, luchar por lo que quisiese, así que le estaban cortando esas alas que con gran ilusión habría usado cuando cumplió 15 años.

Es una pequeña historia que me acabo de inventar sobre la marcha. No considero que sepa escribir, pero me parecia buena forma de estrenarme en el blog. No tengo mucho tiempo para él y hoy he podido exprimir mi cabeza y escribir algo, mínimo, aunque espero que os haya entretenido.

Reflexionad sobre la democracia que estamos teniendo que nos la están robando. Reflexionad sobre lo que nuestros tataratataratataraabuelos del siglo XVII y XIX consiguieron y que varios individuos nos están robando. Reflexionad, y sobretodo actuad. Si no lo hacemos ahora, estamos perdidos.

Pablo Palacio Alvaré

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3 comentarios

  1. Sofía Moreno.

     /  noviembre 17, 2011

    ¡Me has dejado flipada! Me ha gustado mucho tu primera entrada en el blog. Al principio pensé que ni el texto era tuyo, fíjate tu jajajaja.
    Me he sentido identificada con Ralphy. Bueno, al menos me recuerda a mí hace unos años. Por suerte conocí a gente que no me rechazó, y que me quiere tal y como soy.
    Y sí, a Ralphy, a ti, a mí y a todos nos queda mucho por aprender, que somos muy jóvenes. Y nos tocará hacernos heridas, y curarnos para seguir adelante.

    Y luchar. Sobre todo tendremos que luchar.

    Responder
  2. Fernando

     /  noviembre 18, 2011

    Muy bueno, Pablo. Espero que te prodigues más en el blog, que mereció la pena leerte.
    Animo.
    Fernando

    Responder
  3. Elisa Menéndez

     /  noviembre 20, 2011

    Me gusta mucho! 🙂 Anda que… mira que tienes cuento. No se escribir? Todo el mundo sabe. La cosa es ponerse!

    Responder

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