El reflejo.


Otra vieja reflexión, esta vez, de hace un año también. De octubre del 2010, concretamente.

No pude resistirme, ni soportar la tentación. Caí, como hice primero, y como seguiré haciendo muchas más veces. Sin embargo, esta vez, ocurrió algo que nunca antes había pasado frente al espejo.

Recogía el montón de prendas que había sobre mi cama después de habérmelas probado todas, una tras otra, para ver cómo me sentaban. Mientras doblaba las camisetas y colgaba los vestidos en las perchas, lo miré de reojo. Le eché una nueva mirada y entonces no pude apartar la vista. 
Posé la chaqueta que tenía entre las manos sobre el colchón e, invadida por la curiosidad y picaresca propia de los niños cuando descubren algo nuevo, me quedé mirándolo fijamente: allí estaba mi espejo, en el que todas las mañanas, nada más levantarme y estirar las piernas, me miraba un buen rato. Se trataba de un espejo incrustado en el armario de mi habitación, en el que me llegaba a ver desde la cabeza hasta las rodillas. Estaba colocado sobre la puerta central del mueble, la cual procuraba mantener cerrada para poder verme siempre que pasaba delante de él.
Esta vez, no vi solamente mi reflejo y la figura de mi cuerpo, había algo distinto que me llamaba desde el otro lado: era yo.

Pasé mi dedo índice sobre la superficie, dejando marcadas las huellas de mi dedo. Me miré a los ojos, ¡sí, a mí misma! Y resultó ser algo nuevo y sorprendente, poder mirarse y ver lo que otros veían en mí, la expresividad de mi mirada, mis parpadeos continuados… Luego me fijé en mi boca: pequeña, de expresión seria y expectante, como lo está una boca a punto de replicar. Quizás mi propia boca me quisiera replicar. Me diría: ¿has tardado tantos años en ver más allá que tus formas? ¿En darte cuenta de que hay algo más? ¿Qué eres una persona, y no solo un reflejo?

Mi boca y ojos acusadores tenían razón. 
Contemplé entonces mi cuerpo, aprisionado entre ropa y maquillaje, escondido bajo capas artificiales. Me exigí la liberación. Estaba siendo testigo de la rebelión de mi mente contra el ser en que me había convertido. 
Siguiendo sus instrucciones, primero me quité la sombra de ojos y el pintalabios, restregando fuertemente las toallitas sobre la piel de mi cara, incluso haciéndome daño.
Después desaté mi cabello, y la trenza se fue deshaciendo poco a poco, de abajo hacia arriba, dándome con cada mechón desenredado más fuerza.
Por último, me quité las ropas. La sudadera, la camiseta, los pantalones y calcetines, el sujetador… me quedé delante del reflejo, de mí misma. 

Me di cuenta entonces de que había estado en deuda conmigo desde siempre, pues ni siquiera me había esforzado por conocerme en todos estos años. Estuve un buen rato frente al armario sin sentir nada más que el latido del corazón: ese día, me encontré con mi interior. Fui feliz.

Sofía Moreno.

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1 comentario

  1. Fernando

     /  noviembre 8, 2011

    Genial. Expresivo, sincero, bien estructurado y revelador.
    Felicidades, Sofi.
    A ver si va cundiendo, que para esto hemos venido, chicos….

    Responder

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