El/la/lo muerte.


Echando un vistazo a mi “tablón” del tuenti, encontré esta reflexión que dejé por escrito hace más de un año (la reescribiré con alguna pequeña mejora). Hay que ver cómo cambian las cosas, pero sin embargo, en este aspecto, sigo pensando exactamente igual. ¡Ah! Ojalá fuese legal enterrarse sin más, en pleno contacto con la tierra, sin ataúdes ni cosas innecesarias de por medio.

Espero no ser muy pesada, siempre publicando… pero, es que, ¡tengo tantas cosas que contaros…!

Morirse, padecer. Dejar de vivir.Todos pasamos por ese trance. Todos morimos para que otros nazcan. Porque igual que llegamos, nos vamos.

Desde el principio de nuestra existencia personal, nos esforzamos por mejorar, por aprender, tener más conocimientos, ser mejor persona.
Sin embargo, cuando llega nuestra hora (y a veces, en el momento más inesperado) todos nos convertimos en lo mismo: nada. Un cuerpo sin vida. Un pedazo de materia: átomos, moléculas. Da igual si fuiste un mendigo o si cosechaste una fortuna, si fuiste un cabrón o un misionero. ¿Qué más da que hayas creado una empresa o tenido el mejor coche? Vamos a parar al mismo sitio: a la tierra, al suelo, perteneceremos al humus, más tarde o más temprano. (Aquí siempre paro y me acuerdo del poema de Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre, que dice “nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir”, en el que se ejemplifica perfectamente el poder igualatorio de la muerte, mediante el símil de los ríos con las diferentes vidas, y el mar, con el morir).

Qué frío ha sonado todo lo que he escrito, ¡parece que no merece la pena nada! Pero no es así.  Lo que permanece tras nuestra muerte, es lo que hemos dejado en herencia a los demás: nuestros actos, nuestro paso por la vida. Probablemente hayas transmitido amor, ayudado a alguien, dado de comer a quien no tenía, o simplemente hayas explicado la lección de matemáticas a quien no la entendía. Al fin y al cabo, eso es todo lo que queda.

Hoy he ido al tanatorio, por suerte ningún familiar. Por raro que suene,  he sido espectadora. Y observé que, cuando alguien muere, aparecen allí aquellos con quienes el muerto, compartió sus días. Ahora, la persona muerta estaba en forma de caricia, de beso, de abrazo… Todas aquellas cosas que el difunto regaló a los presentes en el tanatorio, rezando a un ataúd lleno de materia, muerta.

Somos materia. 
Pero materia viva.

(aprovéchalo)

Sofía Moreno.

Anuncios
Entrada siguiente
Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: